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Hijos del decrecimiento

Nuevas pautas de la economía ecológica | El acceso a la vivienda se garantiza con un derecho de uso ilimitado | Un grupo de jóvenes rehabilita una colonia textil abandonada en la comarca del Anoia | El movimiento de la buena vida crece con nuevos asentamientos y proyectos basados en el rechazo al consumismo |Autoproducción, vida asociativa y venta de comida agroecológica, pivotes de la actividad

Miércoles, 22 de agosto 2012

La Vanguardia.com

Vida | 13/08/2012 – 00:00h

Hijos del decrecimiento

XICÒRIA Cuatro amigos barceloneses (entre ellos, Annaïs Sastre, en la foto), críticos con los transgénicos y la agricultura globalizada, dieron el paso. Se fueron a Montblanc (Conca de Barberà) y venden de forma directa fruta y verdura ecológica, fresca y de temporada, tanto a los clientes que les visitan como a grupos concienciados de consumo de Barcelona Vicenç Llurba

Antes de que llegara la crisis, ya veíamos que esto era insostenible. Comenzamos a interesarnos por el movimiento del decrecimiento en Barcelona, y éramos seguidores del filósofo francés Serge Latouche. Pero al llegar la crisis ya vimos que no era necesario predicar nada, porque el decrecimiento venía solo. De hecho, ya está aquí”. Así se expresa Joan Marca, un jardinero en paro de Poblenou que hizo estudios de ingeniero agrónomo y que será uno de los residentes de la colonia textil de Calafou (Vallbona d’Anoia), ahora en proceso de rehabilitación. En esta vieja colonia industrial se está instalando un nuevo grupo de seguidores del movimiento de la buena vida: esa filosofía que practican jóvenes sobradamente preparados pero que han dado portazo a la banca tradicional, que huyen del consumismo devorador de recursos y lo fían todo a la idea de compartir (tiempo, espacio, ocio, economía, amistad).
Joan Marca daba clases de jardinería a personas con minusvalías psíquicas. Pero se cerró el grifo de las ayudas oficiales de las fundaciones que le daban empleo. Él siempre estuvo en los movimientos sociales. Se define como revolucionario, ecologista… y ahora practica el decrecimiento.

En Catalunya se registra un goteo continuo en la formación de nuevos grupos de jóvenes que exploran las posibilidades de la buena vida. Son las nueva generaciones que ya saben que el paraíso no era estar trabajando ocho horas al día y que la felicidad puede venir de la mano de una vida simple con un consumo más sano y ecológico y sin derroches.

La influencia de los partidarios del decrecimiento está siendo “muy importante” en los últimos años en Catalunya, según explica David Llistar, uno de los fundadores del Observatorio de la Deuda en la Globalización, y atento analista de este movimiento. La creación de Infoespai en Gràcia (foco de iniciativas destacadas como la creación de la Cooperativa Integral Catalana, o de apoyo a los mercados de intercambio…); o el hecho de que uno de los teóricos destacados de esta corriente de pensamiento, el francés François Schneider, se haya instalado en Barcelona son algunos factores que han influido. Además, Barcelona acoge a profesores e investigadores en este campo, algunos reconocidos internacionalmente (Joan Martínez Alié, Giorgos Kallis, Federico Demaria, Jordi Pigem, Claudio Cattaneo, Stefano Puddu).

“El decrecimiento ha encontrado un terreno fértil en Catalunya, con corrientes muy diversas que lo enriquecen”, dice Llistar, quien destaca la estrecha relación entre el mundo académico, “que ordena y difunde conocimiento en este campo”, y los grupos que se encargan de ponerlo en práctica (personas del ecologismo, la preocupación por las desigualdades Norte-Sur, anticapitalistas…). “Estos focos de decrecimiento son muy ricos y fértiles pues se nutren de corrientes de pensamiento en las que se mezclan personas interesadas en la comida sana, los productos ecológicos o alimentos sin rastro de muerte animal con los críticos con las multinacionales y el modelo agroindustrial”, dice Llistar. Partidarios de la soberanía energética, las energías renovables o la defensa del territorio, indigenistas o espiritualistas se suman a estos grupos, que tienen diversos grados de autoproducción, formas diversas de vida asociativa y ponen énfasis en la agroecología.

La doble motivación formada por el deseo de obtener alimentos sanos y justos éticamente ha sido lo que ha dado ya sus mejores frutos, pues el origen de las exitosas experiencias de los grupos de productores agroecológicos y los consumidores que practican la vida directa de productos sanos, frescos y de temporada.

“Nosotros estábamos en un grupo de consumo ecológico en Barcelona y el Vallès, hasta que decidimos dar el salto y producir nosotros mismos los alimentos”, dice Annaïs Sastre, de la asociación Xicòria, un grupo de cuatro miembros (dos hombres y dos mujeres que rondan los 30 años) que se dedica desde hace cuatro años a la huerta, las plantas medicinales, los árboles frutales (todo ecológico) y la educación ambiental en Montblanc (Conca de Barberà). El grupo de amigos (crítico con los alimentos transgénicos) siempre se quejaba de los efectos de la globalización y la comida basura (“compramos fruta a 30 céntimos de China y en Lleida se tira porque a los agricultores no les pagaban…”), hasta que decidieron crear un “estructura económica justa”. Ahora el balance es positivo. En el pueblo aún se extrañan de que hayan durado tanto. Ahora ya se han consolidado, aunque ha sido duro; nunca imaginaban el enorme esfuerzo inversor que supone (tractores, riegos..) para alguien ajeno al mundo agrario.

“La gente viene a la finca; nos pagan por adelantado por la cesta de productos frescos y de temporada y nos conoce, aunque también vendemos a grupos de Barcelona”, dice Annaïs Sastre, orgullosa de haber rescatado variedades como la mongeta del metro, de medio metro de largo. “Es importante conservar esta biodiversidad, pues estas semillas llevan grabadas la memoria histórica que las hace adaptarse a las dificultades”, dice Annaïs Sastre. Y es como si hablara de su propia adaptación a su nuevo ambiente rústico.

Entre los ejemplos de comunidades decrecentistas destaca la de Cal Cases, una cooperativa de vivienda en cesión en Santa Maria d’Oló (Bages), ocupada por 13 familias y 30 miembros. Esta comunidad surgió del ateneo Rosa de Foc de Gràcia, y es como una verdadera ecoaldea holandesa o danesa, dado su sistema de funcionamiento tan organizado. El grupo intenta desarrollar al máximo el autoabastecimiento alimentario y energético, fomenta un nuevo modelo de vida en comunidad basado en valores contrarios a la especulación inmobiliaria, el rechazo a la propiedad privada, la crianza compartida de los hijos. La elección del modo de vivienda se basa en los estatutos de la asociación Sostre Cívic, de manera que el acceso a la vivienda se garantiza como un derecho de uso ilimitado sin que esté prevista la compra-venta, lo que hace desaparecer todo interés especulativo. La vida compartida hace que los costes por persona en gastos de vivienda y alimentación bajen drásticamente, lo cual reduce la necesidad de depender de salarios altos o tareas asalariados pocos deseables.

Uno de los proyectos decrecentistas más ambiciosos es la rehabilitación de la antigua colonia textil de Calafou, en Vallbona d’Anoia (Anoia). El plan en marcha consiste en recuperar este lugar como un enclave residencial para llevar una vida colectiva y desarrollar nuevas actividades industriales (en el campo de la “soberanía tecnología”, los desarrollos informáticos libres o de fabricación de cerveza ecológica…) que pivotarán sobre una economía poco dineraria y más basada en las donaciones, el intercambio y la venta directa de productos a las redes de consumidores de los productos que se hagan, explica Dídac Costa, sociólogo y uno de sus promotores.

El proyecto ha sido promovido también por una cooperativa que ha desembolsado 400.000 euros (préstamos de la banca ética Fiare) para comprar toda la propiedad, que incluye, además de las casas de los obreros de la vieja colonia, otros espacios (naves, iglesias en estado muy precario). Sus cooperativistas adquieren un derecho de uso ilimitado y heredable. En total, hay 27 casitas (apartamentos de unos 55 metros), por lo que cada uno de los socios o familias han pagado 17.000 euros, a razón de 170 euros al mes). Personas de profesiones y dedicaciones diferentes componen la cooperativa, cuyos miembros (desde profesores de arquitectura, paletas, fontaneros o jardineros en paro) están ahora en plena fase de rehabilitación de la colonia. “La idea es que a largo plazo la gente venga a vivir aquí y trabaje aquí. Queremos crear una colonia decrecentista y autosuficiente”, añade Costa.

“Siempre he sido de los que pensaba que nuestra vida no puede cerrarse en el círculo vicioso casa-trabajo y trabajo-casa. El proyecto de Calafou resuelve los obstáculos que supone la propiedad privada y nos da margen para pensar en un proyecto a largo plazo”, dice Lluís Gómez i Bigordà, un programador de 37 años que también espera trasladarse a esta colonia.

“Calafou, Cal Cases o Xicòria son proyectos donde la gente pone en práctica la propuesta de Latouche de ‘descolonizar el imaginario’; es decir, no se trata de hacer una economía más sostenible o más justa, sino que tiene que ver con un cambio radical de pensar para salir de los estrechos márgenes de una vida que gira en torno a la economía y el economicismo”, dice Federico Demaria. “Son personas que se dedican a construir una realidad diferente con pocos recursos económicos y muchas ganas de vivir mejor”.

Familia alemana vive sin dinero, hace reflexionar sobre el sistema capitalista

Raphael Fellmer y Nieves Palmer viven con su hija de 5 meses en las afueras de Berlín sin dinero, aprovechando el alimento que desechan los berlineses y realizando labores a cambio de servicios como el alojamiento.

Mientras que la mayoría de las personas piensa que no se puede vivir sin dinero y dedica la mayoría de su energía a conseguirlo, Raphael Fellmer, de 28, y su mujer española Nieves Palmer, de 26, viven sin dinero, alimentándose exclusivamente de productos “rescatados” que la sociedad alemana desecha.

El diario argentino La Nación reporta sobre este interesante caso –todo lo más porque sucede en el momento en el que la Eurozona se encuentra en crisis y en el que  se discuten alternativas a un sistema que parece destinado a fracasar.

Fellmer no tiene cuenta de banco, vive totalmente sin dinero, comiendo alimentos desechados y alojándose junto con Palmer y una pequeña hija de 5 meses en las afueras de Berlín, en una casa donde el propietario los deja estar a cambio de pequeños trabajos.

Según La Nación, en los dos años que llevan viviendo sin dinero, a pesar de comer alimentos desechados, nunca les pasó nada: sin náuseas ni infecciones, esto, aun cuando Nieves estuvo embarazada de Alma Lucía. Ambos son veganos y se alimentan casi exclusivamente de productos que proceden de la agricultura biológica.

“Unas cuatro veces por semana, voy a inspeccionar, con la mochila, los contenedores de los supermercados biológicos; encuentro de todo, jabones, chocolates, cosméticos, además de lácteos, frutas y verduras que todavía se pueden consumir”, explica Fellmer.

“Me llevo más de lo que necesitamos, el resto lo regalo a vecinos, amigos, necesitados. La idea es difundir el mensaje de que no sólo se tira una manzana de vez en cuando, sino que todo se tira”, comenta.

Este estilo de vida incluso les permitió realizar un viaje a México, aparentemente logrado sin dinero. No sin un mensaje político Fellmer ha sido invitado a dar charlas en universidades e informa desde el sitio www.forwardtherevolution.net sobre su proyecto para abandonar el dinero.

El Instituto Austríaco de Economía de los Desechos calculó que el 45% de lo que los supermercados descartan se puede todavía consumir; se calcula que el alemán promedio tira a la basura  100 kilos de comida por año. Un equivalente de esto podría aplicarse a otros bienes como aparatos electrodomésticos, ropa y demás bienes de consumo que suelen ser abandonados cuando todavía tienen uso funcional.

Sin embargo, de manera un tanto absurda “rescatar” comida viola la propiedad privada.  ”En Alemania es legal tirar comida, pero es ilegal rescatarla”. “Es una falla en el sistema”, se queja Fellmer. “La idea es establecer un sistema donde se aprovecha todo”, explica.

“No quiero ser simplemente un aprovechador”, asegura Fellmer. “Intento integrarme a la sociedad a pesar de todo: ayudo en reparaciones, obras, arreglo computadoras, cuido animales”, aclara.

El diario La Nación escribe que el mensaje y la forma de vida de esta pareja está cobrando relevancia en Alemania, con cada vez más personas uniéndose a este movimiento, ya sea por necesidad, convicción o una mezcla de las dos.

De este lado del Atlántico tenemos el caso aún más radical del “Dharma Blogger” Daniel Suelo, quien lleva alrededor de 10 años viviendo en una cueva sin utilizar dinero, de repente visitando la civilización.

Decrecimiento justo o barbarie
Revista Pueblos
En nuestra sociedad, que podría llamarse la sociedad del exceso, paradójicamente la mayor parte de las cosas importantes o imprescindibles van a menos. Las reservas pesqueras disminuyen de forma alarmante debido al exceso de pesca; el petróleo, base de nuestra organización económica, empieza a agotarse a causa de la extracción excesiva; el equilibrio climático se quiebra debido alexceso de transporte motorizado; los ecosistemas se fraccionan y deterioran debido al exceso de cemento y hormigón; el agua, el aire y el suelo se envenenan debido al uso excesivo de productos químicos; las desigualdades sociales se profundizan porque existe una acumulación y consumo excesivo de bienes por parte de una minoría; la articulación social que garantizaba los cuidados se está destruyendo, entre otras cosas, porque hombres y mujeres deben dedicar un tiempo excesivo a trabajar para el mercado; la diversidad social y cultural desaparece ante los excesos de un modelo homogeneizador.Si los problemas que afrontamos están causados por una extracción excesiva de recursos, por la ingente generación de residuos, por la incautación excesiva de los tiempos para la vida por parte del mercado y por una acumulación obscena de riqueza por una parte de la humanidad; si los problemas que colocan la vida, tal y como la conocemos, en situación de riesgo vienen dados por laextralimitación, es fácil imaginar por dónde tendrán que ir las soluciones.Si el planeta está sujeto a límites, en su seno nada puede crecer indefinidamente. El ineludible hecho de que el sistema económico se encuentre dentro de la biosfera, de que requiera materiales y energía, y de que emita residuos y calor, implica que no puede sostenerse sobre el crecimiento ilimitado. El camino hacia la sostenibilidad pasa forzosamente por la disminución de la extracción y la generación de residuos de las poblaciones que más lo hacemos.La adicción al crecimiento del capitalismoVivimos en un sistema, el capitalista, que funciona con una única premisa: maximizar el beneficio individual en el menor tiempo. Uno de sus corolarios inevitables es que el consumo de recursos y la producción de residuos no puede parar de crecer.

Veámoslo con un ejemplo. El Banco Santander toma prestados unos millones de euros del BCE y después se los presta, a un tipo de interés mayor, a Sacyr-Vallehermoso, para que pueda comprar el 20 por ciento de Repsol-YPF. Para que Sacyr rentabilice su inversión y le devuelva el préstamo al Santander y éste a su vez al BCE, Repsol no puede parar de crecer. Si no hay crecimiento, la espiral de créditos se derrumba y el sistema se viene abajo.

¿Y cómo crece Repsol? Vendiendo más gasolina y aumentando el cambio climático, recortando los costes salariales, extrayendo más petróleo incluso de Parques Nacionales o de reservas indígenas, bajando las condiciones de seguridad [1]… En definitiva, a costa de las poblaciones de las zonas periféricas y de la naturaleza.

Y esto también es aplicable al ámbito de la economía financiera, ya que se articula sobre la productiva, que es sobre la que tiene que ejercer, en último término, su capacidad de compra.

Por lo tanto, el capitalismo es intrínsecamente incompatible con los límites físicos del planeta. Por ello ha ido desarrollando toda una serie de pseudo-soluciones que intentan demostrar que se puede seguir creciendo indefinidamente en un planeta de recursos limitados. Entre ellas destaca la promesa de la desmaterialización de la economía a partir de la ecoeficiencia. La eficiencia es condición necesaria pero no suficiente. El efecto rebote que ha acompañado a muchas innovaciones tecnológicas que pretendían desmaterializar la economía da buena muestra de ello.

Decrecimiento y calidad de vida

Cuando la población vive en condiciones de miseria, incrementos en el consumo de recursos y energía se asocian directamente con el aumento de la calidad de vida. Esto está claro en varios indicadores, como el aumento de la esperanza de vida, el acceso a la educación o la felicidad.

Sin embargo, a partir de un determinado umbral, esa correlación se pierde. Por ejemplo, incrementos continuados en el consumo de energía por encima de una tonelada equivalente de petróleo por persona y año no van acompañados de incrementos significativos en indicadores como la esperanza de vida, la mortalidad infantil o el índice de educación [2]. Una tonelada equivalente de petróleo es el consumo energético aproximado de Uruguay y Costa Rica, que tienen indicadores de calidad de vida similares, aunque algo menores, a España, cuyo consumo ronda las 3,6 toneladas.

Esta cifra podría ser un punto de referencia que respondiese a la pregunta de ¿hasta dónde decrecer?, aunque podríamos tomar otras referencias más bajas, como la de los/las habitantes de Can Masdeu, en la periferia de Barcelona, que tienen una calidad de vida excelente con un consumo que ronda el cuarto de esa tonelada equivalente de petróleo [3].

Otros estudios, en EEUU [4] o Irlanda [5], apuntan a que la felicidad tampoco guarda una correlación con el crecimiento a partir de determinado límite.

Decrecimiento y trabajo

Ajustarse a los límites del planeta requiere reducir y reconvertir aquellos sectores de actividad que nos abocan al deterioro, e impulsar aquellos otros que son compatibles y necesarios para la conservación de los ecosistemas y la reproducción social.

Nuestra sociedad ha identificado el trabajo exclusivamente con el empleo remunerado. Se invisibilizan así los trabajos que se centran en la sostenibilidad de la vida (crianza, alimentación, cuidados a personas mayores o enfermas) que, siendo imprescindibles, no siguen la lógica capitalista. El sistema no puede pagar los costes de reproducción social, ni tampoco puede subsistir sin ella, por eso esa inmensa cantidad de trabajo permanece oculta y cargada sobre las mujeres. Cualquier sociedad que se quiera orientar hacia la sostenibilidad debe reorganizar su modelo de trabajo para incorporar las actividades de cuidados como una preocupación colectiva de primer orden.

Pero además es necesaria una gran reflexión sobre el empleo remunerado. Es evidente que un frenazo en el modelo económico actual termina desembocando en despidos. Hay trabajos que no son socialmente deseables, como las centrales nucleares, el sector del automóvil o los empleos que creados alrededor de burbujas financieras. Las que sí son necesarias son las personas y, por tanto, el progresivo desmantelamiento de determinados sectores tendría que ir acompañado por un plan de reestructuración en un marco de fuertes coberturas sociales públicas.

El avance hacia la sostenibilidad crearía nuevos empleos en sectores que ya son fuertes generadores de trabajo, como las renovables, el reciclaje o el transporte público [6]. Además la red pública de servicios básicos deberán crecer. Por último, la reducción del consumo de energía, inevitable por otra parte, y el replanteamiento de la utilización de tecnología de alto nivel, implicarán una mayor intensidad en el trabajo y, por lo tanto, la necesidad de más empleo.

En todo caso hay informes [7] que apuntan que necesitamos trabajar menos para mantener el sistema de producción que tenemos. Por lo tanto, ya hoy, con un reparto adecuado del trabajo, nuestra jornada “laboral”, incluyendo las labores de cuidados, disminuiría notablemente. Esto centra el foco de discusión social en el reparto del trabajo, no en la creación de más empleo. Desde esta perspectiva, el enfoque del sindicalismo mayoritario debería volver a reivindicaciones anteriores, como la jornada de 35 horas.

Igualdad y distribución de la pobreza

La economía neoclásica presenta una receta mágica para alcanzar el bienestar: incrementar el tamaño de la “tarta”, es decir, crecer, soslayando así la incómoda cuestión del reparto. Sin embargo, el crecimiento contradice las leyes fundamentales de la naturaleza. Así, el bienestar vuelve a relacionarse con la distribución.

Reducir las desigualdades nos sumerge en el debate sobre la propiedad. Nos encontramos en una sociedad que defiende la igualdad de derechos entre las personas y sin embargo asume con naturalidad enormes diferencias en los derechos de propiedad. En una cultura de la sostenibilidad habría que diferenciar entre la propiedad ligada al uso de la vivienda o el trabajo de la tierra, de la ligada a la acumulación y poner coto a la última.

¿En qué hay que decrecer?

Reducir el tamaño de una esfera económica no es una opción que podamos escoger. El agotamiento del petróleo y de los minerales, y el cambio climático van a obligar a ello. Esta adaptación puede producirse por la vía de la pelea feroz por los recursos decrecientes, o mediante un reajuste colectivo con criterios de equidad. El decrecimiento puede abordarse desde prácticas individuales, comunitarias y también a nivel macro. Entre ellas resaltamos algunas, sobre todo centradas en el nivel macro:

Introducir límites al uso de recursos

• Reducir el consumo en los países del Norte para igualarlo con el Sur, que debería aumentar hasta poder garantizar la salida de la miseria de sus poblaciones. Una iniciativa en este sentido es poner un límite máximo de uso de recursos.

• Estudiar la puesta en marcha de una huella ecológica de consumo máximo por persona en forma de “tarjeta de débito de impactos”.

• Prohibir la producción en sectores que destruyan la vida.

• Reducir los residuos.

• Medidas de aumento de la eficiencia.

• Aumentar la participación de los elementos renovables en la economía, ya sea en forma de energía o en forma de materia, sin olvidar que van a poder cubrir un consumo inferior al que tenemos en la actualidad [8].

• Medidas de sensibilización a la población sobre los límites del planeta.

Priorizar los circuitos cortos de distribución

• Incentivar una reruralización de la población.

• Promocionar un urbanismo compacto, de cercanía y bioclimático.

• Fomento de grupos de consumo y mercados locales.

Poner límites a la creación de dinero

• Anclaje de las monedas a valores físicos como una bolsa de alimentos básicos o de minerales estratégicos o a la cantidad de población.

• Prohibición de que los bancos creen dinero saltándose sus depósitos. Eliminación de los mecanismos de titularización de la deuda.

• Promoción de monedas locales y redes de trueque. Internalización de costes

• Puesta en marcha de un sistema de ecostasas finalistas y redistributivas.

• Responsabilidad por parte de los fabricantes de todo el ciclo de vida del producto.

• Introducir más controles a la producción no ecológica que a la ecológica.

Políticas activas de fomento de la economía ecológica y solidaria

• Volver a hacer público el control de los sectores estratégicos, como el energético o la banca.

• Medidas para el reparto de la riqueza y la limitación de la capacidad adquisitiva: renta máxima y reparto del trabajo (productivo y reproductivo).

• Introducir como únicos los criterios sociales y ambientales en las políticas públicas de subvenciones.

• Etiquetado de trazabilidad del producto indicando las formas de producción y de transporte.

• Política de compras verdes y justas por parte de las administraciones públicas.

• Disminuir incentivos al consumo. Un ejemplo sería la limitación y el control de la publicidad.

Yayo Herrero y Luis González Reyes son miembros de Ecologistas en Acción.

Notas:

[1] Marc Gavaldà y Jesús Carrión, Repsol YPF, un discurso socialmente irresponsable, Àgora Nord-Sud y Observatori del Deute en la Globalització, 2007.

[2] Rosa Lago e Iñaki Bárcena, “A la búsqueda de alternativas”, en Iñaki Bárcena, Rosa Lago y Unai Villalba (eds.), Energía y deuda ecológica, Icaria, 2009.

[3] Ibidem.

[4] Avner Offer, The Challenge of Affluence, Oxford University Press, 2006.

[5] Manfred Max-Neef, Economía transdisciplinaria para la sustentabilidad, 2005.

[6] Wordwatch Institute, Empleos verdes: Hacia el trabajo decente en un mundo sostenible con bajas emisiones de carbono, PNUMA, 2008.

[7] Anna Coote, Jane Franklin y Andrew Simms, 21 horas, Nef y Ecopolítica, 2010.

[8] Puede consultarse online la propuesta de Ecologistas en Acción.

Este artículo ha sido publicado en el nº 49 de Pueblos – Revista de Información y Debate, especial diciembre 2011
Está basado en otro publicado anteriormente en Viento Sur nº 118 de septiembre de 2011

Fuente: http://www.revistapueblos.org/spip.php?article2308

16 de septiembre de 2010
¿Es posible la autogestión llevada a su máximo exponente? ¿Es posible la independencia total del sistema? Éstas son dos preguntas básicas para entender el origen del planteamiento sobre la creación de las Cooperativas Integrales como medio de soporte para la vida con sentido común, que provea una dignidad y calidez de existencia, dando capacidad de asegurar el cubrir las necesidades básicas de las personas.La Cooperativa Integral es un proyecto de autogestión en red que pretende paulatinamente juntar todos los elementos básicos de una economía como son producción, consumo, financiación y moneda propia e integrar todos los sectores de actividad necesarios para vivir al margen del sistema capitalista.Consiste en una forma jurídica que nos permita construir un espacio de relaciones económicas autogestionadas entre los participantes, que esté blindada contra los embargos privados o públicos y que minimice de manera totalmente legal, o al menos de forma no punible, el pago de impuestos y seguridad social, protegiendo tanto como sea posible de la acción de la banca y del Estado. Así pues es una forma jurídica legal de transición para permitirnos construir, desde el ámbito más local, una manera de vivir donde ni la banca ni el estado serán necesarias. Legalmente se trata de una cooperativa mixta de servicios y de consumo. De manera que las empresas, profesionales y prosumidores / as pueden participar para intercambiar servicios internamente y vender hacia fuera de la cooperativa, mientras que como Consumidorxs lxs participantes podemos realizar compras conjuntas tanto a los socios de servicios de la cooperativa como de productos que vengan de fuera. La idea surgió del Colectivo crisis, y fue plasmada en la publicación “podemos vivir sin capitalismo”.Como objetivo central: Construir un entramado de relaciones económicas cooperativas y solidarias entre personas y empresas sociales, que salga de las reglas del mercado y que no sea controlado por el estado. Que sea un espacio para promocionar y hacer crecer productos ecológicos y locales, servicios realmente necesssaris por nuestro día a día y nuevos proyectos de autoempleo vinculados a estas necesidades reales. A largo plazo podría convertirse en otra sociedad fuera del control capitalista, con su propio sistema de seguridad y previsión social para garantizar las necesidades básicas de todos sus miembros en todo su recorrido vital.Como objetivos más concretos a corto plazo:

*Reducir nuestros gastos en euros y ayudar a crecer a las monedas sociales de las ecoredes.

*Reducir el precio de los productos necesarios a través de las compras colectivas.
*Dar una salida de autoempleo digna e ilusionante a personas que están en paro.
*Facilitar una salida económica colectiva a las personas que se han hecho insolventes en relación a la banca y el estado.Más allá de la economía y de cubrir necesidades, la propuesta de la cooperativa integral sería un marco idóneo para recuperar las relaciones sociales solidarias y las ideas de colectividad y de autogestión que nos ha quitado el sistema actual, basado en la propiedad, la acción individual y la competencia. Podría ser un espacio donde a partir de las relaciones iniciadas se podría aprender a autogestionar el aprendizaje, autogestionar la salud así como las necesidades emocionales y personales; una escuela para aprender a autogestionar nuestra vida desde la economía hasta la psicología, y donde podernos deseducar de todo lo que nuestra educación para ser competitivos hace que llevamos dentro. Participar en una cooperativa integral es apostar por una nueva forma de vida en que la cooperación sustituye a la competencia como máxima que guía nuestros actos.Este proceso no fluirá sin obstáculos, tenemos sentimientos de desconfianza y materialistas muy interiorizados y será normal que cueste, pero es un proceso que ya resulta inaplazable ante el colapso del sistema actual y la falta de soluciones que ya están experimentando las personas que han quedado excluidas debido a esta crisis. ¿Como podría ser el futuro de esta sociedad hecha por y para nosotros?Hasta ahora hemos hablado de “la economía de supervivencia”, es decir, aquella que necesitamos mientras no podamos salir completamente del sistema capitalista que nos obliga a utilizar su moneda para pagar algunas de nuestras necesidades básicas. Ahora hablamos de la otra vertiente que en el fondo es lo más importante que la cooperativa puede potenciar, sobre todo a la larga.En primer lugar, los criterios de estas relaciones económicas dentro de la cooperativa deberían ser diferenciando las necesidades básicas del resto de necesidades. La vivienda, la alimentación, la salud y la educación deberían defender desde los miembros de la cooperativa para todos sus miembros como un asunto de primera prioridad. En este sentido, la cooperativa intentaría funcionar como realmente debería hacer una “institución pública”, es decir preocupándose por la vida digna de sus ciudadanos y guardando una provisión de recursos para garantizar las necesidades de sus miembros a largo plazo. Una vez que la cooperativa esté suficientemente en marcha y seamos lo hacen, crearemos un grupo de trabajo para investigar cómo poner en marcha un proyecto de “seguridad social” desde abajo del estilo del que estamos comentando

En segundo lugar, en los núcleos locales, se promovería una economía comunitaria o que también podemos llamar de reciprocidad espontánea, con la base de que las cosas no son de nadie sino de quien lo usa, hasta que ya no lo necesita. Un proyecto importante en promover dentro de esta cooperativa serían “las tiendas gratis”, las cosateques y los almacenes colectivos, donde la gente lleve lo que no usa y se lleve lo que necesita. De esta manera iremos creando en nuestros ámbitos más cercanos a una economía colectivista, basada en que a través del común, podemos cubrir nuestras necesidades individuales más directamente ya menos coste del que lo haríamos si mantenemos una visión individualista de la satisfacción de necesidades. Un grupo de trabajo se encargará de dinamizar esta parte de economía sin dinero de la cooperativa integral y facilitar su puesta en marcha en los núcleos locales.

Zygmunt Bauman, sociólogo, filósofo y ensayista, premio Príncipe de Asturias 2010

Victor-M Amela, Ima Sanchís, Lluís Amiguet

“Hoy nuestra única certeza es la incertidumbre”

12/01/2012 – 00:00

    • El hombre líquido

 Doctor honoris causa por 15 universidades, sigue ejerciendo de profesor (Universidad de Leeds), y se nota: es de esos entrevistados que, con su pipa en ristre y amablemente, apenas te dejan meter baza en la conversación. Su pensamiento y su obra han sido analizados en una docena de libros. Hijo de una familia judía humilde, ex marxista polaco huido del estalinismo, se refugió en la universidad británica y se convirtió en un superventas filosófico. Tirando del hilo de su concepto de modernidad líquida, que define los rasgos característicos de nuestra época, ha escrito sobre la vida líquida, el amor líquido, los miedos líquidos. Participó en Converses a la Pedrera(Obra Social Catalunya Caixa).

Cuál es su descubrimiento más reciente?

Con un pie en la tumba intento hacer balance, y mi constatación es que acabaré donde empecé.

¿Buscando una sociedad perfecta?

Sí, hospitalaria para los seres humanos.

¿Qué ha aprendido en el trayecto?

He vivido bajo diferentes regímenes, ideologías, modas…, y lo que me resulta más sorprendente es que hay dos valores sin los cuales la vida humana sería impensable: la seguridad y la libertad.

Reconciliarlos es imposible, dice usted.

Cuanta más libertad tengamos menos seguridad, y cuanta más seguridad menos libertad. En la sociedad, la conquista de libertades nos lleva a una gran cantidad de riesgos e incertidumbres, y a desear la seguridad.

Y entonces nos sentimos ahogados.

Sí, conseguimos que no nos atraquen por la calle, que si caemos enfermos nos atiendan, pero nos volvemos dependientes, subordinados, y eso nos hace sufrir. Así que volvemos a evolucionar a una mayor libertad.

¿En qué punto estamos hoy?

Estamos asustados por la fragilidad y la vacilación de nuestra situación social, vivimos en la incertidumbre y en la desconfianza en nuestros políticos e instituciones. Estudiar una carrera ya no se corresponde con adquirir unas habilidades que serán apreciadas por la sociedad, no es un esfuerzo que se traduzca en frutos. Toda esta precariedad se expresa en problemas de identidad, como quién soy yo, qué pasará con mi futuro.

Y así llegamos a sus fluidos: sociedad líquida, amor líquido, miedo líquido…

Sí, la modernidad líquida, en la que todo es inestable: el trabajo, el amor, la política, la amistad; los vínculos humanos provisionales, y el único largo plazo es uno mismo.

Todo lo demás es corto plazo.

No se da el tiempo para que ninguna idea o pacto solidifique. Este enfoque ya forma parte de la filosofía de vida: hagamos lo que hagamos es de momento, por ahora.

Nada dura para siempre, ni siquiera el futuro.

Hoy nadie construye catedrales góticas, vivimos más bien en tiendas y moteles.

¿Y por qué lo considera un problema?

Objetos y personas son bienes de consumo, y como tales pierden su utilidad una vez usados. La vida líquida conlleva una autocrítica y autocensura constantes; se alimenta de la insatisfacción del yo consigo mismo.

Nos hemos quedado sin utopías.
La felicidad ha pasado de aspiración para todo el genero humano a deseo individual. Se trata de una búsqueda impulsada por la insatisfacción en la que el exceso de los bienes de consumo nunca será suficiente.

Y llegamos al consumidor consumido.

Hemos trasplantado unos patrones de comportamiento creados para servir a las relaciones entre cliente y producto, a otros órdenes del mundo. Tratamos al mundo como si fuera un contenedor lleno de juguetes con los que jugar a voluntad. Cuando nos aburrimos de ellos, los tiramos y sustituimos por algo nuevo, y así ocurre con los juguetes inanimados y con los animados.

Es decir, otros seres humanos.

Sí, hoy una pareja dura lo que dura la gratificación. Es lo mismo que cuando uno se compra un teléfono móvil: no juras fidelidad a ese producto, si llega una versión mejor al mercado, con más trastos, tiras lo viejo y te compras lo nuevo.

¿Qué efectos tiene en el ser humano?

Una actitud racional para con un objeto es una actitud muy cruel para con otros seres humanos. El consumismo es una catástrofe que afecta a la calidad de nuestras vidas y de nuestra convivencia. Creemos que para todos los problemas siempre hay una solución esperando en la tienda, que todos los problemas se pueden resolver comprando, y esto induce a error, nos debilita.

¿Por qué nos debilita?

Porque nos priva de nuestras habilidades sociales, en las que ya no creemos.

¿Cómo construirse a uno mismo, hallar la felicidad en este mundo líquido?

Hay dos factores que cooperan para modelar el camino de la vida humana, uno es el destino, algo que no podemos cambiar, pero el otro elemento es el carácter.

Ese sí lo podemos moldear.

El destino dibuja el conjunto de opciones que tienes disponible, siempre hay más de una opción. Luego el carácter es el que te hace escoger entre esas opciones. Así que hay un elemento de determinación y otro de libertad.

¿Hay que resistirse para ser libre?
Viviendo en una sociedad de consumidores, resistirse a ser un consumidor es una opción posible pero muy difícil. Por lo tanto, la probabilidad de que la mayoría de las personas decida resistirse al consumismo es una probabilidad muy lejana, aunque todas las mayorías empezaron siendo minorías.

¿Alguna solución individual?
Uno no sólo puede, sino que debe vivir su propia vida y el modelo de vida que le encaje, consciente de las consecuencias y costes que acarrea. Y el problema de mejorar la sociedad, y esta es la respuesta a todas las preguntas futuras que me pueda hacer usted.

¿…?

Se resume en hacer que la sociedad sea más benevolente, menos hostil, más hospitalaria a las opciones más humanas. Una buena sociedad sería la que hace que las decisiones correctas sean las más fáciles de tomar.

Conoce alternativas para celebrar la navidad consumiendo menos

16 de diciembre, Ecologistas en Acción.

http://www.ecologistasenaccion.org/article21967.html

Con la navidad llega una de las épocas del año donde más se despilfarra y se consume de una forma más irracional. Ecologistas en Acción quiere poner de manifiesto que hay alternativas para celebrar estas fiestas sin caer en el consumismo y el derroche.

Estamos en crisis, nos dicen continuamente y, casi con la misma contundencia, nos tratan de convencer de que el consumo nos ayudará a salir de este atolladero. Más allá de que es difícil de creer que lo mismo que provocó la crisis vaya a contribuir a solucionarla, la llegada de la época navideña suele estar marcada por un conjunto de situaciones que se profundizan con el paso de los años: un consumo disociado de las necesidades humanas y más cercano al despilfarro, la exaltación publicitaria de las emociones y la mercantilización de los afectos proponiendo la compra de productos como vía para poder expresarlos. Las calles se llenan de una sobre-iluminación que, más allá de la transmisión de símbolos típicamente navideños, están asociadas sobre todo a promover un consumo acrítico y descontrolado.

No es de extrañar que, en una sociedad que sitúa al consumo y la acumulación de bienes en la cima de su escala de valores y en el objeto de sus aspiraciones, la navidad represente una oportunidad para aumentar los volúmenes de ganancias empresariales.

Frente a este escenario cada día son más numerosas las iniciativas colectivas a escala global que pretenden denunciar los excesos y defectos de este modelo de consumo, promoviendo la reflexión crítica, denunciando los impactos, construyendo alternativas y articulando iniciativas para un consumo consciente, crítico y responsable. Reivindican, entre otras cosas, que una disminución en el consumo nos hará vivir mejor, que es necesario otro modelo que priorice el pequeño comercio frente a las grandes superficies, la agricultura ecológica frente a la industria de la alimentación intensiva o la cultura de la reutilización frente a la cultura del “usar y tirar”.

Ya están en marcha proyectos que, a pequeña escala, ensayan una forma más sostenible de consumo. El comercio justo, la banca ética o las tiendas de productos ecológicos han conseguido hacerse un hueco y, a la vez, poner en entredicho al modelo de consumo devorador de recursos y de personas.

Pero además, hay otros proyectos en marcha que funcionan como verdaderos espacios de ensayo de alternativas de consumo sostenibles y socialmente responsables. Cada uno de estos proyectos nace a partir de objetivos muy distintos, pero tienen en común su riqueza e imaginación a la hora de señalar posibles soluciones a los problemas que genera el actual modelo de consumo. Comparten profundas raíces con procesos colectivos, comunitarios o solidarios, y la cultura propositiva necesaria para que el cambio de modelo se haga efectivo.

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IPC, Ingenios de Producción Colectiva

Los Ingenios de Producción Colectiva (IPC) son una recopilación de distintas alternativas en diferentes sectores (alimentación, comunicación, cuidados, empleo/trabajo, financiación, ocio, textil, vivienda y transporte) realizada por Ecologistas en Acción (www.ecologistasenaccion.org/ipc). Recogen, de manera didáctica y sencilla, multitud de fichas que muestran cómo resolver las necesidades que se dan en estos ámbitos de una manera diferente, buscando alternativas no mercantilizadas y más colectivas de resolver las necesidades. Los proyectos IPC cumplen varios criterios, como son dar respuesta a algunas necesidades de consumo locales, proponer cambios en nuestros hábitos de consumo, aportar soluciones con ciertas dosis de innovación, ser colectivos y crear herramientas de participación, generando redes y nuevos espacios de activismo social.

Ecologistas en Acción promueve a lo largo de todo el año una reducción en el consumo que nos haga vivir mejor, y propone distintas alternativas para resolver las necesidades de un modo poco o nada mercantilizado. En estas fechas es especialmente importante recordar la importancia de un consumo crítico, local, responsable y solidario como una vía para poner un freno consciente a la crisis

Serge Latouche: “La gente feliz no suele consumir”

Propone vivir mejor con menos. Profesor emérito de Economía en la Universidad París-Sud, es una de las voces mundiales del llamado movimiento por el decrecimiento.

GABRIEL ASENJO.. PAMPLONA.Viernes, 11 de febrero de 2011 – 04:00 h.

Nacido en Vannes (Francia) hace 70 años, ante un público que le escuchaba sentado hasta en los pasillos de acceso al salón de actos del Colegio Mayor Larraona de Pamplona, subrayaba ayer noche que el actual ritmo de crecimiento económico mundial es tan insostenible como el deterioro y la falta de recursos en el planeta.

Invitado por el colectivo Dale Vuelta-Bira Beste Aldera, y bajo el título de su conferencia El decrecimiento, ¿una alternativa al capitalismo? , reclamó que la sociedad establezca una autolimitación de su consumo y de la explotación medioambiental. Desde su punto de vista no se trata de plantear una involución sino acoplar la velocidad de gasto de los recursos naturales con su regeneración.

Especialista en relaciones económicas Norte / Sur, premio europeo Amalfi de sociología y ciencias sociales, su movimiento decrecentista, nacido en los años 70 y extendido en Francia, defiende la sobriedad en la vida y la preservación de los recursos naturales antes de su agotamiento. A su juicio, si el decrecimiento no es controlado “el decrecimiento que ya estamos experimentando” será consecuencia del hundimiento de una forma de capitalismo insostenible, y además será desmesurado y traumático.

Una bomba semántica. Afirma Serge Latouche que el término decrecimiento es un eslogan, “una bomba semántica provocada para contrarrestar la intoxicación del llamado desarrollo sostenible”, una forma de pensamiento, la sostenibilidad, extendida por el economicismo liberal de los años ochenta, y que propicia pagar por todo, “por ejemplo, en el caso del trigo, obliga a pagar por los excedentes, por su almacenamiento y también hay que pagar por destruir los sobrantes”. “Deberíamos hablar de A-crecimiento”, dijo como una invitación hacia la reflexión sobre nuestro estilo de vida, incluso sobre la exhibición de los superfluo y el enriquecimiento desmesurado.

Desde su punto de vista “vivimos fagotizados por la economía de la acumulación que conlleva a la frustración y a querer lo que no tenemos y ni necesitamos”, lo cual, afirma, conduce a estados de infelicidad. “Hemos detectado un aumento de suicidios en Francia en niños”, agregó, para aludir más adelante a la concesión por parte de los bancos de créditos al consumo a personas sin sueldo y patrimonio como sucedió en Estados Unidos en el inicio de la crisis económica mundial. Para el profesor Latouche, “la gente feliz no suele consumir”.

Sus números como economista aseguran que le dan la razón: cada año hay más habitantes en el planeta a la vez que disminuyen los recursos, sin olvidar que consumir significa producir residuos y que el impacto ambiental de un español equivale a 2,2 hectáreas, y que cada año se consumen 15 millones de hectáreas de bosque “esenciales para la vida”. “Y si vivimos a este ritmo es porque África lo permite”, subrayó. Para el profesor Latouche, cual cualquier tipo de escasez, alimentaria o de petróleo, conducirá a la pobreza de la mayoría y al mayor enriquecimiento de las minorías representadas en la grandes compañías petroleras o agroalimentarias.

Trabajar menos y producir de forma inteligente. Tachado por sus detractores de ingenuo, postuló trabajar menos y repartir el empleo, pero trabajar menos para vivir y cultivar más la vida, insistió. Desde un proyecto que calificó como “ecosocialista”, además de consumir menos, la sociedad debería consumir mejor, para lo cual propuso producir cerca de donde se vive y de forma ecológica para evitar que por cualquier puesto fronterizo entre España y Francia circulen hasta 4.000 camiones a la semana “con tomates de Andalucía cruzándose con tomates holandeses”. Finalizó con una alabanza al estoicismo representado en España por Séneca: “No se obtiene la felicidad si no podemos limitar nuestros deseos y necesidades”

Conoce alternativas ante la crisis: celebra el Día sin compras

17 de noviembrewww.ecologistasenaccion.org/article21783.html

El próximo 25 de noviembre se celebrará la 20º edición del Día sin Compras (DSC). En un momento en el que la crisis económica está sirviendo como excusa para llevar a cabo fuertes reformas neoliberales, que están poniendo en juego el estado del bienestar en los países del Norte, es importante tener en cuenta que hay muchas alternativas creadas para resolver nuestras necesidades de una forma no mercantilizada. Los Ingenios de Producción Colectiva (IPC) son una recopilación de alternativas en distintos ámbitos realizada por Ecologistas en Acción.

A lo largo de las últimas décadas el consumo de bienes, servicios y recursos naturales se ha ido incrementando de forma exponencial a nivel mundial, ignorando la imposibilidad de crecer sin límites en un planeta finito. Además este aumento no se ha repartido, precisamente, de forma equitativa, sino que ha seguido la llamada Ley de Pareto: el 20% de la población mundial consume aproximadamente el 80% de los recursos del planeta. Más allá de lo cuantitativo, el consumismo ha ido tomando cada vez más protagonismo en la vida de las personas y las sociedades enriquecidas, hasta convertirse en una ideología para la selecta clase media consumidora. Sin embargo, no es solo la actual crisis económica la que está poniendo en jaque este modelo, sino que son otras dos crisis que tratan de esconderse detrás de ésta, la social y la ambiental, la que están dando la voz de alarma y pidiendo un cambio de rumbo.

Frente a este escenario marcado por un modelo de consumo social y ambientalmente insostenible, cada día son más numerosas las iniciativas colectivas a escala global que pretenden denunciar los excesos y defectos de este modelo de consumo, promoviendo la reflexión crítica, denunciando los impactos, construyendo alternativas y articulando iniciativas para un consumo consciente, crítico y responsable. Reivindican, entre otras cosas, que es necesario otro modelo que priorice el pequeño comercio frente a las grandes superficies, la agricultura ecológica frente a la Industria de la alimentación intensiva, la cultura de la reutilización frente a la cultura del “usar y tirar”.

Ya están en marcha proyectos que, a pequeña escala, ensayan una forma más sostenible de consumo. Su margen de negocio no es muy grande, pero el comercio justo, la banca ética o las tiendas de productos ecológicos han conseguido hacerse un hueco y, a la vez, poner en entredicho al comercio convencional (no justo), la banca convencional (no ética) y la industria de la alimentación intensiva (no sostenible). El comercio justo ha conseguido popularizar criterios sociales en las condiciones laborales utilizadas a la hora de elaborar multitud de productos. La banca ética, sobre todo la que nace de iniciativas de ahorro popular, ha hecho posible pensar en una forma consecuente en la gestión del dinero. Los establecimientos y cooperativas de productos ecológicos, cuando son pequeñas tiendas de barrio que se abastecen de la producción ecológica más cercana, favorecen la distribución de la riqueza local, potencian la vida comunitaria y la producción agrícola y ganadera sostenible.

Pero además, hay otros proyectos en marcha que funcionan como verdaderos espacios de ensayo de alternativas de consumo sostenibles y socialmente responsables. Cada uno de estos proyectos nace a partir de objetivos muy distintos, pero tienen en común su riqueza e imaginación a la hora de señalar posibles soluciones a los problemas que el actual modelo de consumo genera. Comparten profundas raíces con procesos colectivos, comunitarios o solidarios, y la cultura propositiva necesaria para que el cambio de modelo se haga efectivo.

Los Ingenios de Producción Colectiva (IPC) son una recopilación de distintas alternativas en diferentes sectores (alimentación, comunicación, cuidados, empleo/trabajo, financiación, ocio, textil, vivienda y transporte) realizada por Ecologistas en Acción (www.ecologistasenaccion.org/ipc). Recogen, de manera didáctica y sencilla, multitud de fichas que muestran cómo resolver las necesidades que se dan en estos ámbitos de una manera diferente, buscando alternativas no mercantilizadas y más colectivas de resolver las necesidades. Los proyectos IPC cumplen varios criterios, como son dar respuesta a algunas necesidades de consumo locales, proponer cambios en nuestros hábitos de consumo, aportar soluciones con ciertas dosis de innovación, ser colectivos y crear herramientas de participación, generando redes y nuevos espacios de activismo social.

Trueque en verde

Los huertos urbanos y los grupos de consumo de productos locales florecen en las urbes españolas. Ser microemprendedor agrícola ya es posible.

MARTA MUÑOZ-CALERO

El Pais. 08 DE OCTUBRE DE 2011
Huerto Urbano

La Huerta de Montecarmelo en Madrid abre de 8 a 22.30 y tiene lista de espera.

Foto: MIrta Rojo

¿Me cambias mis tomates por tus pepinos? Sobre esta idea tan básica se construye el veggie swap, un sistema de trueque entre particulares que cultivan su propio huerto e intercambian los excedentes de sus cosechas caseras. Desde hace unos años, los huertos urbanos han empezado a formar parte del paisaje de nuestras ciudades. Cada vez hay más urbanitas convencidos, dispuestos a meter las manos en la tierra y reivindicar espacios de cultivo sostenible, aunque sea bajo las sombras de los edificios.

La crisis económica, la pérdida de calidad de los alimentos y el alto precio de los productos ecológicos son algunos de los motivos por los que el trueque ha resucitado en pleno siglo XXI, removiendo algunas conciencias en barbecho. En Estados UnidosSudáfrica y Reino Unido ya cuentan con plataformas digitales donde con solo darse de alta, poner el código postal, el listado de las verduras que sobran y los kilómetros que se está dispuesto a recorrer, ponen en contacto a unos microemprendedores con otros para realizar el intercambio. «En España aún no estamos organizados a través de páginas webs, pero practicamos el trueque de cortesía entre vecinos de huerto», explica Sandra Carretié, responsable de La Huerta de Montecarmelo. Hasta el momento cuentan con 146 huertos de 20 metros cuadrados que alquilan por 85 euros al mes y son mantenidos parcialmente por trabajadores discapacitados («personal keepers», precisa Carretié) de la Fundación Carmen Pardo-Valcarce.

Las redes sociales están plagadas de plataformas vecinales y asociaciones dedicadas al veggie trade que no solo tienen un fin ecológico o económico. En la conciencia social de este paíscrecen los famosos brotes verdes en medio del asfalto. Se vuelve a creer en el individuo y a revisar viejos valores. Según Jean-Marie Pelt, fundador del Instituto Europeo de Ecología, «el trueque muestra la cara humana de la sociedad consumista. Los ciudadanos se dan cuenta de que el dinero no es el único medio de adquirir un bien».

Otro movimiento en alza es el de los grupos de consumo. Gente que se une para comprar directamente a los productores y gestionar la distribución entre sus miembros, ya sea en los barrios, a través de las asociaciones de vecinos o en páginas webs a nivel provincial (La Repera, en Cataluña; La Rehuerta o Bajo el Asfalto está la Huerta, en Madrid; Asturias Sostenible, en Asturias; La Ortiga, en Sevilla; La Breva, en Málaga; o Ecoagricultores, en Extremadura). El sistema es muy sencillo, se organizan en locales comunes y se reparten el trabajo de contactar con los agricultores locales, llevar los pagos o hacer la distribución de las cestas semanales. Todo se realiza de manera autónoma y sin intermediarios, permitiendo que los alimentos vayan directos de la huerta al plato y mantengan un precio justo. Generalmente se consumen productos agrarios como hortalizas, huevos, leche o miel, pero también es posible comprar productos de limpieza e higiene personal ecológicos, legumbres, pastas y bebidas.

«Con estas iniciativas no solo se consigue una alimentación mucho mejor, también se invierte en una estructura comercial responsable, se conoce el origen de los productos y se rescata la olvidada agricultura local», explica José Luis Fernández, alias Kois, representante de la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (FRAVM) y miembro del grupo de consumo Los Pinos. «Es muy probable que si decides participar en un huerto urbano acabes formando parte de un grupo de consumo e intentes favorecer la compra de productos de agricultura local. Cuando tomas consciencia ambiental y adviertes que algo va mal en nuestra forma actual de comprar y gastar, no hay vuelta atrás», concluye.

Pasos para ser un ‘green trader’

1. Primeras iniciativas

Proponer al ayuntamiento que ceda terrenos cercanos a la ciudad para el cultivo de huertos ecológicos comunitarios o ponerse en contacto a través de la web de Madrid o Barcelona para hacerse socio de cualquiera de ellos.

2. Crear un grupo de consumo

Hace falta contar con un número mínimo de familias o unidades que lo compongan. Los proveedores acostumbran pedir un gasto mínimo semanal de unos 150 euros y suele cubrirse con 10 familias. También hay que hacerse con un número de identificación fiscal para poder facturar a los proveedores. La mayoría de estos grupos optan por crear una asociación sin ánimo de lucro.

3. Seleccionar bien

Un debate que ha de quedar claro desde el principio es si prima lo ecológico y lo cercano frente al precio y si se comprará a un distribuidor o directamente al agricultor. Para los que no quieren complicarse la vida, se puede optar por crear un huerto propio en casa. En Family Farm ofrecen el kit completo y en Huerto City lo diseñan a medida.

4. Organización

Es necesario encontrar un espacio como un centro cívico o una asociación de vecinos donde realizar los pedidos, encestarlos, llevar las cuentas u organizar los repartos, entre otras actividades. No se debe descuidar dividir las tareas entre los socios, buscar los proveedores adecuados y establecer los criterios de compra entre todos.

http://smoda.elpais.com/articulos/trueque-en-verde/181

Lechugas en mitad del asfalto

Vecinos que recuperan auténticos basureros, que practican una agricultura ecológica, pero no tienen interés productivo. Son los huertos urbanos, oasis en las grandes ciudades.

ELENA SEVILLANO. El Pais. 15/09/2011

Lavapiés, en Madrid. Un muro gris sucio flanqueando la calle del Doctor Fourquet y un viejo portalón a la altura del número 24 preparan el ánimo para otro solar abandonado. En su lugar, ¡sorpresa!, surge una sucesión de pequeñas huertas ecológicas alineadas en uno de los extremos, árboles y plantas, paredes pintadas con murales, familias jugando al ajedrez o sentadas en sillas de playa, un minianfiteatro al fondo, niños correteando y varios voluntarios haciendo unas lentejas comunitarias en una cocina solar. ¡Esta es una Plaza!, que así se llama el entorno, arrancó en diciembre de 2008 a partir de un taller organizado por La Casa Encendida que consistía en la transformación de un espacio cerrado desde hacía más de 30 años en uno público y abierto a un barrio anémico de zonas verdes. Los vecinos aportaron herramientas, semillas, garrafas de agua de sus casas. A la vista del éxito, ha continuado como proyecto de autogestión y, después de sus más y sus menos, el Ayuntamiento terminó cediendo el suelo. Ojo, temporalmente.

“Pretendemos recuperar el contacto humano y generar tejido social”, declaran los promotores. Acciones como la suya han crecido exponencialmente en los últimos años, detecta Nerea Morán, arquitecta investigadora del departamento de urbanística y ordenación del territorio de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), que aborda el fenómeno en su tesis. “Estas pequeñas intervenciones se crean para reinventar lo local, que ha desaparecido de nuestra sociedad”, plantea Agustín Hernández, profesor de arquitectura de la UPM y tutor de la tesis de Morán. Para ello, y de entre todas las fórmulas posibles, ha prosperado la del huerto. “Quizá de una manera primitiva, inconsciente, han vuelto a lo más elemental, la tierra, lo contrario de la ciudad”, reflexiona.

Hernández asocia este regreso a lo local con el miedo a la sociedad poscrisis, y recuerda que fue precisamente después de otro crash, el del petróleo de los setenta, cuando se empezó a hablar en España de agricultura urbana como solución para reordenar el área metropolitana, para darle un uso a los bordes de la ciudad y, aquí sí, exprimir su productividad. Este planteamiento parió 1.200 huertos de ocio de 250 metros cuadrados cada uno gestionados por la Comunidad de Madrid en San Fernando de Henares, que en 1987 se adjudicaron a hortelanos de los alrededores. Una filosofía parecida, en versión actualizada, impulsa en Rivas-Vaciamadrid la creación de parcelas comunitarias en áreas abandonadas, una finca experimental de producción biológica y un mercadillo de frutas y verduras ecológicas el último domingo del mes, todo promovido por su Ayuntamiento.

Lo del parque de Miraflores, en Sevilla, es otra historia. En los noventa, la presión popular logra la puesta en valor de terrenos baldíos en un barrio obrero al norte de la capital, en el distrito de la Macarena. Una parte se destina a cultivo; aquello prende y, por seguir con el símil hortícola, la semilla arraiga también en San Jerónimo, Torreblanca, Tamarguillo, San José de Palmete, El Huerto del Rey Moro… “Normalmente, quienes vienen son personas de edad, pero últimamente acuden desempleados jóvenes; es nuestro particular indicador de la crisis”, describe Julián Balmón, coordinador de la Plataforma de Huertos Sociales Urbanos de Sevilla, pionera en España, que involucra a un centenar de colectivos y llega a unos 10.000 niños. Balmón pertenece al colectivo Movida Pro-Parque del Tamarguillo, antigua escombrera, y recuerda que al año de estar en marcha las parcelas se le acercó un médico del centro de salud. “¿Sabes la cantidad de pacientes que antes tenía en la consulta pidiendo la pastilla y que ya ni aparecen?”, comentó.

El Tamarguillo, como el resto de huertos sevillanos, incluye parcelas vecinales, escolares e individuales, aunque la idea es que “no cale la actividad minifundista, mi pequeño terreno y ya está”, resalta Balmón. La comercialización está prohibida, los productos se comparten entre todos. La tierra marca el calendario de celebraciones, con la cata del tomate en julio o la fiesta de la patata en invierno.

A varios kilómetros de allí, en pleno casco histórico de la ciudad hispalense, en los 5.000 metros de huerta anexa a la Casa del Rey Moro, unos 2.000 chicos y chicas de cinco colegios y dos institutos públicos han seguido durante este curso el ciclo de la vida. Este bien de interés cultural llevaba años cerrado, sin cuidar, cuando a una vecina se le encendió la bombilla: por qué no acondicionarlo entre todos como zona verde comunitaria. Dicho y hecho. Desde 2005, un convenio con el Ayuntamiento permite desarrollar un programa de educación medioambiental.

Salvo excepciones, las Administraciones van al rebufo, y eso cuando van. Es muy frecuente que los cultivos arranquen de manera alegal, autogestionaria, incluso con una ocupación, y que la autoridad municipal de turno no reconozca lo que se está haciendo e intente expulsar a sus artífices. Pero llega un momento en el que “solo queda rendirse a la evidencia”. La fórmula suele ser el convenio, de renovación anual, y con una dotación económica escasa, según lamenta Balmón. Los dos monitores que atienden el huerto escolar del Rey Moro, sin ir más lejos, “no están en las condiciones más deseables”, lo expresa suavemente la portavoz de la actividad, Purificación Huertas.

Los vecinos que han levantado el huerto comunitario de Adelfas, en Madrid, tienen a Francisco, de 70 años, como asesor de jóvenes hortelanos sin experiencia. “Que sepáis que esta temporada tendréis ajos porque me encargué de sembrarlos de nuevo, ¡los habíais metido demasiado profundos!”, les regaña. Estos metros de tierra, con su espantapájaros, sus murales, su rincón para el compostaje, se están convirtiendo en un centro de reunión vecinal y convivencia entre generaciones. Abuelos, nietos, parejas paseando al perro y pequeñas multitudes cuando toca compartir la cosecha. La gente aporta aperos de labranza, guantes de jardinería, sustratos, plantones. “Hacía falta algo así”, comenta María, una asidua. No hay muchas más zonas verdes en este barrio completamente remodelado, que luce lleno de bloques de manzana cerrada.

Azadón en mano, uno de los promotores, Kois, explica que la iniciativa contó con una subvención hasta el pasado diciembre, pero ahora mismo se encuentra en la alegalidad. Aunque la junta municipal da su visto bueno. Kois, responsable de huertos urbanos de la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (FRAVM), repasa la lucha por legalizarse, por “salir del limbo”, desde que en 2006 brotó el primer huerto madrileño, el de La Piluka, en el barrio del Pilar. Lo siguieron los de Almenara (Tetuán), Lucero y Las Águilas (Latina), Malasaña, Casa de Campo, Lavapiés, Moratalaz. “Ecológicos, públicos, gratuitos y comunitarios”. Ahora la federación negocia con el Ayuntamiento un plan municipal que los regule.

No todos buscan la legalización. Hay quien persigue el aldabonazo contra el actual modelo de desarrollo urbano sin importarle lo de conseguir los papeles. “En Barcelona existe una visión en general muy reivindicativa; lo plantean como una manera de llamar la atención sobre la mercantilización del espacio público”, aporta Nerea Morán, tras haber coincidido en algún encuentro con activistas de aquella ciudad. Que, por cierto, bulle de actividad hortelana. Can Masdeu, masía okupada con cursos de educación ambiental entre Barcelona y Collserola; los comunitarios de Clot o Akí Me Planto, o L’Hortet del Forat, que empezó con una ocupación vecinal finalmente aceptada por el Ayuntamiento.

Todos aparecen recopilados en Huertos urbanos: cultivando Barcelona, un trabajo de la alemana Stefanie Fock, socióloga y fotorreportera, que en 2009 retrató las mil y una formas de arar en el asfalto de la Ciudad Condal. Esta idea tomó forma en una exposición y un blog que sigue actualizando.

A primera vista no se aprecian diferencias entre una parcela municipal barcelonesa en plena faena y alguna de las 12 o 13 junto a las vías del tren en Vicálvaro (Madrid). Pero sí que hay una, fundamental. Los de Vicálvaro son huertos de ocio, nacidos de forma espontánea, de jubilados de los alrededores que de niños trabajaron la tierra. Su mensaje no es reivindicativo. “Por aquí está proyectada una carretera; cuando se haga, nos marcharemos; no queremos problemas”, afirman Enrique (68 años), Manuel (72) y Leoncio (70).

Bajo la etiqueta “agricultura urbana” asoman muchas realidades. Entre las más recientes, la Red HUCA (Las Palmas de Gran Canaria), que se reúne desde 2009, con apoyo del Gobierno local. O los cultivos que saca adelante la Asociación de Vecinos Barrio Obrero de Altabix en un trozo del palmeral de Elche, y que tampoco es una idea nueva: los musulmanes ya usaban el microclima de las palmeras para plantar frutales y hortalizas. El Ayuntamiento cede el suelo y coordina el invento, que estudia extender a otros barrios. “Ayudan a hacer ciudades más humanas”, manifiesta José Manuel Sánchez, concejal de parques y jardines. Esta primavera, Elche acogió el I Congreso Estatal de Agricultura Ecológica Urbana.

http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Lechugas/mitad/asfalto/elpepusoc/20110915elpepusoc_15/Tes

Para saber más
Madrid
La Tienda Gratis en el Sur del 9 de Octubre de 2011
Trueque, compra directa a agricultores, tiendas gratis y huertos urbanos son algunas de las iniciativas que desarrollan en Málaga
Seguidores del movimiento del ‘decrecimiento’ cuentan cómo reducen el consumo al mínimo

En lugar de tirar, reparan; prefieren producir a comprar y apuestan por las economías locales

Para ellos, menos es más. Menos consumo se traduce en más libertad, más tiempo para favorecer las relaciones personales y comunitarias, mayor creatividad y mayor autogestión. Forman parte del movimiento conocido como ‘decrecimiento’, surgido en los años 70 y que se concreta en iniciativas tales como comunidades de trueque, grupos de consumo de alimentos ecológicos, tiendas gratis, huertos urbanos, defensa del transporte público o no contaminante y hasta fabricación propia de productos naturales para la higiene personal y limpieza del hogar. Sus seguidores reniegan de un sistema capitalista que, recuerdan, se ha empeñado en hacernos creer que la felicidad se compra en un gran centro comercial.
En la entrada de la finca que este galés tiene en Totalán, hay dos hornos solares, y dentro de ellos hay dos pequeñas cacerolas con panes casi hechos. Chapman copió el diseño de una ONG que distribuyó miles de ellos en África, porque vieron que en determinadas zonas era difícil hacerse con cualquier tipo de combustible, incluida la leña. En cambio había sol, gratis y a raudales. El horno puede alcanzar los 120 grados y en él se puede cocinar casi cualquier cosa. Eso sí, se necesita mucho más tiempo.
Esta es solo una de las medidas ecológicas aplicadas en la finca. Hay más. Por ejemplo, la elaboración de humus a través de las lombrices, el huerto sobre bancales o la fosa séptica cuyas aguas riegan los naranjos. Aunque, de todas, la más llamativa es la comunidad de trueque que David Chapman puso en macha hace dos años, bajo el nombre de Málaga Común y de la que forman parte más de un centenar de personas de diferentes puntos de la provincia.
El ‘común’ es su moneda ficticia (no se imprime para evitar falsificaciones) y los miembros ofrecen y demandan servicios que pagan con ella, a través de ‘transacciones’ que se realizan en la página web. Chapman, por ejemplo, vende los hornos solares a 50 comunes, que vendrían a ser el equivalente a 50 euros; también ofrece trabajos de carpintería, los productos del huerto ecológico y traducciones en inglés y en español. Los miembros de esta comunidad de trueque pueden acumular un negativo de 300 comunes, pero una vez alcanzada esta cifra habrá que revisar y modificar su oferta, habida cuenta de que no tienen demanda. «Con esta moneda no se puede especular. No sirve de nada acumularla, ni tener más que nadie. Lo que interesa es que circule y recibir servicios a cambio», explica. También que en Málaga Común hay pintores, albañiles, electricistas, masajistas, miembros que enseñan a usar el photoshop, videocreación e informática.
Si se pone a hablar del bote de gel, es capaz de llegar hasta los efectos que tiene su uso sobre los bosques de Borneo y las colonias de orangutanes, sin olvidar las guerras del petróleo; los agentes contaminantes de los químicos con los que nos embadurnarnos el cuerpo, las pruebas sobre animales y la contaminación de las aguas. «La alternativa -afirma- es tan sencilla como hacer jabón casero con el aceite usado, algo que ya empiezan a recomendar los dermatólogos». Luna Caparrós, 30 años, historiadora y arqueóloga, y ahora inmersa en un master de agroecología, solo coge el coche cuando es absolutamente imprescindible; apenas come carne o pescado; cuando vive sola no tiene televisión; renueva la ropa que le dan con la máquina de coser y se hace sus propios productos para la higiene personal. En lugar de acondicionador para el pelo usa vinagre de manzana diluido en agua, ha sustituido el desodorante por bicarbonato y en lugar de compresas usa la copa menstrual; una especie de pequeño depósito flexible, de silicona, que se introduce en la vagina, que se vacía cuando se llena de flujo menstrual y cuya vida útil está entre los cinco y los diez años. «Para mí es una especie de obsesión. Me planteo, con cada cosa que hago, si realmente lo necesito y si es la forma más adecuada de hacerlo», dice, aunque añade que el decrecimiento se puede asumir paulatinamente, casi como un experimento: «Tampoco es cuestión de fustigarse ni de volver a la época de las cavernas».
Es el coordinador de Ecologistas en Acción en Málaga capital y el promotor del grupo de consumo ecológico ‘La Red’, una iniciativa que pone en contacto a los consumidores de agricultura ecológica con los productores, evitando así a los intermediarios y cargándose de un plumazo el brutal encarecimiento que sufren estos productos en el proceso que va desde su recolección hasta su venta. La cita está fijada los martes, a las siete de la tarde, en la sede de CGT en Málaga, aunque antes, el consumidor se ha tenido que dar de alta en el grupo. Galo explica que el ‘decrecimiento’, en el que también se enmarcan estos grupos de consumo, «se cuestiona el principio básico del capitalismo, que da por hecho que el crecimiento económico es la panacea y que es la única forma posible de generar empleo y felicidad». Añade que el movimiento plantea varias propuestas que considera fundamentales: el reparto del trabajo a través de la reducción de la jornada laboral (si se consume menos, se necesita menos dinero y por tanto se necesitaría trabajar menos, todo en favor del ocio creativo y de las relaciones personales); reducir la economía productiva en favor de una economía basada en las necesidades reales de las personas, y la apuesta por las economías locales en detrimento de las grandes superficies comerciales.
Simona está convencida de que lo que creemos una necesidad irrefrenable de comprar ropa es en realidad una necesidad de cambiar. Con esta idea promovió ‘La tienda gratis’, un espacio habilitado hace dos años en la Casa Invisible, al que la gente lleva la ropa que ya no se pone, con la posibilidad de coger prendas que a su vez han sido depositadas por otras personas. «Mucha gente trae ropa (algunas llevan puestas incluso las etiquetas) y luego no se llevan porque dicen que tienen los armarios llenos», explica. Seguidora del movimiento, también forma parte de la red de consumo ecológico y lleva a la práctica algunas de las fórmulas de higiene de Luna Caparrós.
Desde que abrió ‘La tienda gratis’ ella no se ha gastado un euro en ropa. Tampoco paga gasolina, porque la bicicleta va con ella a casi todos los lugares a los que ella va. Leonor Jiménez, documentalista y autora de ‘El muro’, un documental sobre la situación del pueblo saharaui titulado, está en paro en estos momentos, y afirma que practicar el decrecimiento le baja los niveles de angustia, porque se reducen mucho las supuestas necesidades. También está convencida de que no se puede decrecer en solitario: «Necesariamente tienes que entrar en contacto con la gente y participar en movimientos grupales, algo que produce satisfacción. Consumes de forma crítica y te vuelves autosuficiente y creativo». Dice que el primer paso llega cuando te haces consciente de tu tipo de consumo: «Si ese consumo no te hace sentir bien, posiblemente tu modelo de consumo está fallando. Entonces es bueno preguntarse: ¿Qué estoy consumiendo? ¿Para qué?». Está convencida de que las iniciativas tendentes a un consumo crítico «permiten que las personas sean más dueñas de sus vidas, que tengan más control sobre sus decisiones; permite un mayor empoderamiento» y añade que los miembros del movimiento apuestan por reparar en lugar de tirar, por reducir el consumo y por producir ellos mismos.

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